SOBREVIVIR TIENE UN PRECIO: EL JUEGO DEL CALAMAR
- Teo Arrieola
- 19 may 2022
- 3 Min. de lectura
La serie que batió récords este fin de semana fue “El juego del calamar” la nueva propuesta de Netflix donde nos muestran las desafortunadas vidas de 456 personas que viven con problemas económicos y que, a raíz de estos, son tentados por un desconocido a realizar un juego estúpido que les enseñan que, si ganan, les dan un billete y si pierden, reciben una cachetada. Tras ese encuentro, con el sujeto misterioso, este les entrega una tarjeta y la oportunidad de ganar mucho más. Es ahí, que cuando ellos aceptan y acuden al punto de encuentro en donde los dormirán, los llevarán a una locación desconocida, los encierran en pelotón y les harán otro ofrecimiento: jugar a cinco juegos infantiles (coreanos) y quien llegue hasta el final ganará una suma de dinero que de otra forma jamás lo podrían obtener. ¿Quién no aceptaría algo así?

Lo que no se muestra al inicio, aunque el espectador ya lo intuye, es que, si quedas eliminado del juego, ya no se paga la deuda con una cachetada, sino con tu propia vida. Con esta “oportunidad de ensueño”, El juego del calamar, no es más que otra historia de personas encerradas que deben lograr sobrevivir. Sin embargo, consigue captar la atención necesaria por su forma particular de contar los hechos y te mantiene enganchado la relación que vas descubriendo de los jugadores con los propios juegos, que en su mayoría (A excepción del pakistaní) todos lo han jugado en su infancia. Esta trama de “terror + suspenso + gore” es típico del cine y producción de series asiáticas (En esta ocasión coreano) y aquí se utilizan muy bien en los capítulos iniciales.

La presentación se realiza detallando la penosa vida del jugador protagonista, con una mezcla de flashbacks de su niñez, adolescencia y adultez. Una trama que puede resultar algo lenta, pero que, si llegas a enganchar con ella, después no podrás dejar de querer saber más. Esta propuesta es algo “rara” o “novedosa” para el mercado estadounidense/ Latinoamericano dado a que da bastantes vueltas hasta presentar la trama principal, pero lo combinación de humor, escenografía original y llamativa que, hasta en ocasiones, llega a parecer un cuadro de Escher, haciéndola perfecta para todo tipo de público. Recomiendo que más allá de estas especificaciones no busquen más detalles del argumento, ya que así les resultará más fresca e interesante y sorprenderá más; también recomiendo no encariñarse especialmente con ninguno de los personajes. El juego del calamar apuesta por un punto medio entre la brutalidad y la crueldad, que debe disfrutarse de ambas maneras y dejarse llevar por donde la cabeza del espectador lo desee. De ante mano aclaro, no es para personas con sensibilidad a imágenes de alto calibre.
Entonces la crítica va por: ¿De dónde proviene todo lo que vemos? Sabemos que el juego está organizado por un grupo de millonarios que disfrutan financiar esta especie de olimpiadas sangrientas en donde gozan ver como los jugadores son solo carne de cañón para su entretenimiento. No obstante, si nos ponemos a profundizar, hay algo más: alguien gestiona esto, compra chándales a juego para los 456 desgraciados o les prepara la comida. Todo lo que vemos es posible porque mucha gente que solo está un poco mejor que los concursantes trabaja en el proyecto. Al final, todo el mundo depende de unos pocos señores que lo gozan con nosotros como si fuéramos ratas de laboratorio. Reconozco que este tipo de reflexiones me parecen un poco irreales y suelo prescindir de ellas bastante, ya que siempre tenemos claro lo que es bueno o lo que es malo, pero en esta ocasión hay una intención de venderte el discurso superficial que, aunque no creo que vaya a tener reflexiones morales profundas, sí puede resultar divertido e interesante. Aquí vivimos para ver al mundo arder.

El juego del calamar es una serie entretenida y vendible, perfecta para una maratón de fin de semana, que tranquilamente te la puedes terminar en un día. No nos cambiará la vida, pero nos permite tomar partido por el personaje con el que más empaticemos y tengamos ese temor de ver en el marcador cuántos quedan. Es una mezcla de risas con un salto al techo en varias ocasiones y las ganas de que nuestro protagonista, un pobre desafortunado, al que las cosas le han ido mal, resulte ganador, para que así pueda recuperar su vida y salga de allí con nuevas amistades, claro está, sino los matan antes.





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